Una vez prometí que nunca más volvería a prometer nada, y
entonces sonríes y se me corta la respiración, se me corta tan fuerte que hace
daño, y brota la sangre desde mi garganta y lo deja todo perdido; aunque ya
estaba todo perdido cuando llegamos. Entonces sonríes y se me escapan las
promesas como presos que huyen de una cárcel hecha de inseguridades. Pero
entonces te marchas y las promesas regresan a casa, llorando.
Y entonces sonríes y ni siquiera sé qué coño he aprendido de
mis heridas.
Y entonces caigo en la cuenta de que odio que sonrías y entonces
sonríes aún más y simplemente caigo. En tus redes. En tus ojos que me piden que te bese
hasta beberme tu alma y marcar mis dientes en tu piel. O quizá son imaginaciones
mías.
Y entonces...Por favor, deja de sonreír así.
Terminamos el café mirándonos de reojo entre la espuma. Qué
guapa estás. Quisiera ser sordo para no tener que soportar estos silencios
incómodos, para poder imaginarme lo que dices, para cambiar un “Adiós” por un “Qué
bien se está así, los dos”. Aún no sé por qué me has llamado.
Y qué putada eso de querer odiar a alguien y necesitarle
cada vez más.
Hablamos de música, de libros, de las clases, de anécdotas con los amigos, de conciertos de Rock, de películas basadas en hechos reales. Pero yo quiero hablar de la forma en la que te desabrochabas la
camisa y de la forma en la que caía al suelo, bailando por el aire, trazando
una preciosa espiral llena de emociones contenidas que explotaban cuando al fin
vencía la gravedad, bendita gravedad, y los dos mirábamos la prenda tendida con
una pícara sonrisa escondida entre los labios, como si fuese la señal para
empezar a explorarnos, para elevarnos has”Y bueno, hace poco conocí a alguien”.
Y aquí estamos, caminando como si de verdad fuésemos a
alguna parte.
La luz del amanecer entra furtiva en mi dormitorio a través de la ventana, como un ladrón, como quien te roba un suspiro, como quien te roba un beso y no te lo devuelve. Los rayos se estiran intentando abrazar mi cuerpo desnudo y vulnerable, acariciando con suavidad mi rostro, mis párpados, mis labios; como brazos de un sol madrugador que nos recuerda que la vida sigue, o eso creo. Como prolongaciones de tu sonrisa. Tu sonrisa entre mis piernas. Como anoche. Me ruborizo y tengo miedo de mirar a mi lado, por si te has ido; o peor aún, por si sigues ahí. Así que decido quedarme quieta, inmóvil, fría, como una elegante estatua de hielo, como un muñeco de nieve con el que los niños se han cansado de jugar. Ojalá pudiese hacer lo mismo cuando te tengo delante, pero me delatan los suspiros.
A medida que pasan los tic-tacs me avasallan los recuerdos de las últimas horas. La sangre baila salvaje por mis venas, golpeando sus paredes con fuerza, taponado mis oídos, bañando mis pupilas en adrenalina y mis mejillas en color rojo carmesí. Respiro profundamente, tratando inútilmente de frenar el ritmo de mis pulsaciones, de silenciar esos ruidosos tambores que resuenan en mi pecho y no me dejan pensar con claridad, de disipar la avalancha de sensaciones que se desliza por mi piel como una corriente eléctrica. Mierda. Las sábanas huelen a ti.
Pasan los minutos y eso es lo único que pasa, el tiempo. Dicen que él lo pone todo en su lugar, que todo lo cura. Y yo aquí, con una herida abierta que aún no ha empezado a cicatrizar, con un "te necesito" en la punta de la lengua y un "socorro" en los ojos que aún buscan el momento perfecto para ser dichos, a sabiendas de que no existe la perfección. Maldigo al tiempo por no hacer bien su trabajo, por tenerme en lista de espera, aunque sé que la culpa no es suya, pues qué esperar de alguien que no espera nada. O que lo espera todo. O que simplemente espera. Pasan los minutos y no pasa nada.
Intento concentrarme en oír tu respiración para averiguar si estás ahí sin tener que abrir los ojos y que puedas leer mis debilidades en ellos, pero el olor a lujuria aturde mis sentidos. Finalmente me armo de valor, o de desesperación, y estiro el brazo. Frío.
Demasiado frío.
Mi mano se congela.
No siento la mano pero siento tantas otras cosas.
Abro los ojos.
Buenos días Soledad.
En mi mesilla lucen, traviesos, recuerdos de una noche en la que nos olvidamos de olvidarnos. Busco algo a tientas, tropezando con la lámpara, los vasos, la botella medio vacía, medio llena, medio yo; el cenicero medio lleno de colillas a medio consumir, medio vacío de segundos a tu lado que me consumen, medio tú. Por fin encuentro el móvil y lo miro con un ojo entreabierto, como todas las mañanas. Nada. Como todas las mañanas. Ni una llamada, ni un WhatsApp, ni un "te necesito", ni un "ya no quiero verte más", ni un puñetero "buenos días" que sacie esta sed de algo que algunos llaman amor y otros muchos error. Qué voy a saber yo de eso si lo único que tengo es un teléfono que se ríe de mí en la mano y tu olor en las sábanas como única prueba de que fuiste mío durante un tiempo efímero. Pero el olor se irá. Como tú. Como el tiempo.
Me sorprendo a mí misma apretando los dientes con furia. Me concentro en reconstruir mi máscara de orgullo e indiferencia. De pronto, la sonrisa de chica traviesa y alocada regresa a su lugar, si es que lo tiene. Si es que lo tengo. Me levanto y enciendo un cigarro, paseando desnuda por la habitación, vagando como la sombra de algo que en su día fue espectacular, como un alma en pena pero sin alma y con una deuda de besos pendiente. Pero a quién. Cuándo aprenderé que el amor no se aprende, que vivir y morir al fin y al cabo son lo mismo. Que los besos no se dan con intereses.
Me siento en el alféizar de la ventana, escrutando la ciudad en busca de mis buenos días. Pero la ciudad sigue bullendo con su ritmo habitual, indiferente al huracán de preguntas que causa el caos en mi pequeña habitación. Pienso en los pozos de tus ojos mientras apuro el cigarro, y en el terror que siempre me dio hundirme en ellos. Anoche creí ver un brillo distinto, o quizá fue el alcohol. Coloco las manos en mi espalda mientras me estiro, cuando las yemas de mis dedos notan unos relieves que juraría que antes no estaban ahí. Sonrío. Quién quiere tatuajes teniendo tus arañazos. Lanzo el cigarrillo por la ventana como quien lanza un avión de papel con un nombre escrito. Pero sin nombre. Me pregunto si tú también estarás pensando en mí, o si algún día lo hiciste. Me pregunto si tú también tienes miedo de mis pozos, de hundirte en ellos como hago yo cada mañana al mirarme en el espejo. Solo hay una cosa que me aterre más que mis pozos, y son las sábanas frías. Solo hay una cosa que me aterre más que las sábanas frías, y son las sábanas que perdieron tu olor.
Un escalofrío recorre mi espalda y me devuelve a la realidad. Rodeo de nuevo mi cama y me siento en el borde. Abro el cajón de la mesilla y miro atontada la foto que nunca nos hicimos. Me pregunto cómo abrían quedado tus pozos junto a los míos, tus dudas abrazando mis miedos, diciendo "patata".
Me tumbo de nuevo en la cama y te pienso. Y te pienso con fuerza. Y te pienso sin quererlo y te quiero sin querer. Y eso es lo más bonito. Y ese es mi mayor error.
Hoy es otro día más, otro día menos, y nada pasa y ella pasa por mi lado y a mí se me sigue poniendo la piel de gallina y los pelos tan de punta que compiten con los rascacielos de todas las ciudades que soñé que visitaríamos juntos. Pero solo son sueños. Pero solo estamos solos.
Se consumen las horas y se consumen mis cigarros, y yo los fumo con pasión, más liado aún que ellos. Me consumo. Pienso en lo bonito que sería compartirlos con ella, rompernos juntos. Me consumo. Estiro el brazo y ella no está. Me consume. La busco desesperado, rozando el aire a tientas, necesitado de la suavidad aterciopelada de su piel, de la sangre palpitando con fuerza en mis venas, del sudor en las sábanas, del brillo de unos ojos que griten "socorro", que al parpadear maten las mariposas que se han instalado en mi estómago, mis dudas; como si su mirada tuviese todas las respuestas. Pero mi mano no la alcanza, y la ausencia de su mirada solo teje más preguntas.
Me rompo solo, con cuidado de no llorar.
Salgo de casa con las manos en los bolsillos y la mente en otra parte a la que ni siquiera yo sé cómo llegar. Y qué hicimos mal. Y qué más da el camino si tenemos miedo de andar. Paso por los coches en cuyos cristales bañados en vaho escribí nuestros nombres en la madrugada, solo para ver cómo quedaban juntos. No debí hacerlo; quedaban tan bien. Hoy sigo bebiendo, fumando, solo. A la espera de un final que sé que no llegará porque nunca hubo un principio, preguntándome cómo quedará la cicatriz de todo esto. Seguro que no tan bien como nuestros nombres.
Me rompo de nuevo, sin poder evitar soltar un grito que desgarra mi alma, dejando a la vista los recuerdos. Solo espero que este porro me sacie el mono de ella, solo espero poder decir que algún día fue mía, porque yo fui su yonki cada puto segundo que no fuimos nada; aunque ella lo fuera todo. Solo espero...y ese es el problema, que solo espero.
Se abre
el telón. Ella ha dejado de bailar. No está cansada, está sola. Luces tenues de
velas consumiéndose dibujan sombras en su rostro, haciendo su mirada más
triste, marcando sus ojeras, desvelando el secreto de sus insomnios. La tarta
de cumpleaños es de fresa, sus labios rojo carmesí, sus sueños a medias, sus
medias rotas, sus inviernos demasiado fríos. Pasan los años y no pasa nada.
Sigo
observando su monólogo corporal como un imbécil, tratando de digerir las
sensaciones que provoca en los poros de mi piel, que parecen volcanes a punto
de erupcionar abrazos cada vez que ella me roza. Me trago el orgullo como un
imbécil cada vez que ella me roza.
El
teatro está vacío como su copa, como su corazón. Quisiera llenar ambos hasta
saciarla, hasta que grite de júbilo. Quisiera que mis manos fuesen culpables de
sus suspiros, que fuesen condenadas por asesinato en primer grado, matando sus
dudas y su soledad; pero el único grado al que se acercaron mis manos fue al
del alcohol de la barra de bar, matando el tiempo.
Ella
reanuda su vals, y mis recuerdos se anudan como yo hacía con sus muñecas a mi
cabecero. Ella se mueve frenética, y mis sábanas echan de menos aquel aroma a frenesí.
Ella me mira con estrellas humedecidas en los ojos, con un secreto entre las
piernas y una montaña rusa en el pecho, y yo cierro el telón mordiéndome los
labios como un imbécil.
Quisiera
abrir el telón y bailar con ella antes de que la música cese.
Se abre
el telón. En el escenario yacen envoltorios de caramelos, cigarrillos a medio
consumir, mentiras piadosas, mentiras sin más; platos rotos, sábanas arrugadas y
un pañuelo humedecido en lágrimas saladas, en suspiros de noches quemadas,
tatuadas sobre su piel tus iniciales. Doradas. Vuelan dientes de león
acariciando el denso aire, lamiendo el perfume que dejaste al marcharte. Se
deslizan entre las líneas de un libro inacabado, que espera melancólico mientras
el tiempo le viste de polvo. Y quizás el polvo oculte tus iniciales.
El
telón permanece inmóvil, como mi corazón mientras observo cómo bailas. Te
balanceas sobre tus estúpidos complejos, riéndote de ellos. Y tus carcajadas se
convierten en una droga a la cual me esposo y me abrazo temblando, indefenso,
temblando, como tus piernas abiertas a la lujuria. Sonrío, temblando. Contemplo
tus movimientos suaves como la lycra de tus medias rotas, agrietadas como tu
corazón. Bailas tan fuerte que rompes el aire y mis esquemas, mis esquemas se quiebran
en mil pedazos.
Y yo,
aquí, tan tuyo y tan mío, tan exasperantemente hipnotizado, admiro cada poro de tu piel como cuadros de
Dalí, mientras mis ojos saborean tu actuación. Y tú, allí, tan tuya y tan de
nadie, tan desesperantemente indiferente, trazas tu propia tragicomedia de la
cual eres protagonista abligada, tu propio títere, tu propia cárcel. Madrid. Me
sonríes y en tu rostro se dibuja una luna llena de melancolía, experiencia,
mentiras piadosas, mentiras sin más; envoltorios de caramelos. Y siento el
incontrolable deseo de eclipsar tu luna con mis labios, de morderte las
mentiras y hacerte feliz, por fin. De abrazarte como la escarcha abraza las
rosas al amanecer. Se cierra el telón.
Quizá
no sea demasiado tarde para que sea demasiado tarde. Quizá las promesas rotas
se puedan coser de nuevo, con el dedal de la vergüenza, usando tus pestañas
bañadas en rímel como hilo. Pero no sé coser. No sé prometer. No sé saber.
Pero.
Nunca
se me dio demasiado bien olvidar. Nunca lo intenté. Te imaginaba desnuda,
bebiendo agua a morro sentada en mi cama, con el pelo revuelto y la piel de
gallina. Bebiendo y fumando y gritando mi nombre. Te imaginaba echando la
cabeza hacia atrás, arqueada como una C, suspirando como una S, rozando mi
almohada con el olor de tu champú y empapándola con el de tu perfume, para que
el insomnio me arropase con él cuando te fueras.
Te
imaginaba usando mi camisa después de fundirnos, imaginaba tus pupilas
dilatadas brillando buenos días plateados, mirando la luna y contando
estrellas escondidas entre la contaminación de Madrid. Imaginaba que no estaba
imaginando y la boca se me hacía agua, pero nunca estaba tu saliva para calmar
mi sed. No estaban tus llamadas para acelerarme el corazón, ni tus falsos
suspiros para hacer que me pitasen los oídos. No estaban tus peros, ni tus
noches, ni ninguna de tus sombras.
Ya no
cuento ovejas, ahora cuento noches sin dormir. Sueños por cumplir. Utopías. Imposibles
que se me escapan entre los dedos como la arena de la playa. Tus sonrisas que
se derriten como el hielo de mi copa. Ya no cuento ovejas, ahora cuento barras
de bar.
Pero
nunca se me dio demasiado bien querer. Nunca lo intenté. Dolía.
Decías
que tenía miedo.
Tenías
razón.
Pero
nunca se me dio demasiado bien reconocerlo. Nunca lo intenté. Pero nunca se me dio demasiado
bien coser.
Tal vez
la clave sea no buscar la clave. Tal vez la clave se encuentre en su piel, tal
vez en cada lunar, en cada imperfección que perfecciona tanto. Tal vez se bañe
en su saliva y se deslice por el tobogán de su sonrisa, con los brazos en alto,
gritando metralletas cargadas de adrenalina. Tal vez te salude en cada guiño,
tal vez te dé los buenos días entre alientos que saben a café recién hecho.
Tal vez
la clave sea de sol y baile sobre los pentagramas de tu canción favorita. Tal
vez esa canción tenga una cara. Tal vez la clave sea el retumbar de los
tambores en tu pecho. Tal vez la clave se escuche cuando te hable. Tal vez la
clave se clave en tus entrañas con una caricia, por muy suave que sea. Tan
suave.
Tal vez
no la oyes porque te tapas los oídos. Pequeña, quítate las manos y escucha. Tal
vez no la ves porque te has vendado los ojos. Pequeña, corta el velo que te
ciega y mírala. Tal vez no la sientes porque el miedo te insensibiliza.
Pequeña, trágate el orgullo y disfrútala. Tal vez no quieras encontrar la
clave. Pequeña, escúchame, mírame, disfrútame. Esa es la clave.
Y me
ahogo entre tales y veces, inhalando promesas de humo y vapor. Me ahogo y es
tan dulce la sensación. Me ahogo y no es por falta de oxígeno, sino de
respuestas. Me ahogo por falta de abrazos que ahoguen. Me ahogo pero joder, es
tan dulce la sensación.
Tal vez
mañana continuaremos caminando independientes, autónomos, indiferentes,
ignorantes, fuertes. Pero buscando la clave. Tal vez la clave sea asesinar a
los tal vez. Tal vez los apuñalaremos con armas blancas como la cal que tiñe tus
respuestas frías. Tal vez los dispararemos con armas de fuego como aquellas noches de insomnio.
Si todo
depende de nada y todo depende de ti. De las buenas mañanas que me da tu
desnuda silueta dibujada entre mis cortinas. De las buenas noches que me dan tus
mudos gritos arañados en mis sábanas. Si respiro esbozos de sonrisas y me deshago
en lágrimas invisibles cada vez que dices adiós. Y deshago pétalos de
margaritas cada vez que dices hola. Y deshago nudos en el estómago cada vez que
dices mi nombre. Y deshago las promesas que me hice a mí misma cada vez que.
Cada
vez que nos mentimos.
Si uno
más uno es uno. Si los insomnios me abrazan. Si Soledad me pilla infraganti contando
ovejas, contando lunares, contando despedidas, restando estrellas. Sumando noches en vela y perdiendo la cuenta.
Cuéntame cómo te ha ido. Si tú también me echas de menos. Cuéntame más cuentos
y haré como que me los creo. Miénteme
pero hazlo entre caricias. Bálsamos que alivian el dolor de pecho, cuando
cuesta respirar y solo te apetece más humo. Cuenta cuántas veces se acabó la
cuenta atrás y no cuentes conmigo más.
Me
pongo mis medias, naranjas, y me marcho.
Si vago
entre sueños y un pasado disfrazado de presente. Refugiándome en guitarras, en
acordes, en canciones; en voces rasgadas de excesos y pasión. Si no tiro la
toalla y es ella la que salta, suicida. Cómo hablar del silencio si no
conseguimos salir de este silencio incómodo. Cómo si llevamos en coma toda una
vida, empeñados en poner comas, sin valor para ponerle punto y final. Y
comámonos y apuntémonos a la adrenalina de los suspiros puros. Apunta mi
dirección, coma, y no vengas.
Y cómo hablar si.
Si me enseñaron a no hablar. Si me enseñaron a no hablar con la boca llena.
Si me
enseñaron a no hablar con la boca llena de mentiras.
Acostumbrada a vivir en blanco y negro, me escondo entre mi flequillo mal cortado; pero me he pintado los labios color carmín.
Acostumbrada a caer antes de haber tirado siquiera la toalla, me cubro con sábanas de inseguridades; pero he quemado el colchón, la habitación, y las inseguridades.
Recuerdos que se amontonan dentro del vaso de tequila. En fila india, como presos que sueñan con la luz del sol; y cuando al fin sienten la brisa del exterior en cada poro de su piel de gallina, cuando al fin saborean la libertad en sus bocas que solo hablan de carcajadas, en sus papilas que palpitan y se dilatan excitadas sobre sus lenguas, en los pelos de punta que intentan arañar las nubes, en sus pulmones respirando adrenalina, expulsando éxtasis; entonces no pueden verla, porque les ciega.
Y hoy respiro adrenalina cuando intercambiamos nuestros alientos,
expulsando éxtasis,
más éxtasis,
más.
Pero me ciegas.
Ya no consulto nada con la almohada, últimamente no nos va bien. Nos peleamos y la muerdo, la araño y la acuchillo. Pero ella siempre gana.
Suerte que es verano y de noche no hace frío. Suerte que ya no necesito mis sábanas de inseguridades,
aunque me ciegues.
Y bebemos los recuerdos amontonados en los vasos de tequila; bebemos, nos emborrachamos, saltamos, bailamos, amamos un poco;
pero solo un poco.
Bebemos éxtasis, nos emborrachamos de frenesí. Saltamos sobre la adrenalina, bailamos en mis labios rojo carmesí. Un poco más, éxtasis, libertad, éxtasis, adrenalina, bailamos, libertad, éxtasis, más.
Y olvidamos que nos ciegan.
Bebemos para olvidarnos aunque nos tengamos delante, olvidamos que bebemos y olvidamos que nos estamos olvidando.
Pero tú sigues delante y la herida sigue sangrando.
Corre.
No puedo.
(No sé)
(No quiero)
Y el puñal en tu mano me grita que te odie, pero me he pintado los labios color carmín, a juego con la herida, con la seda entre tus manos.